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El alcalde Mamdani, desaparecido en combate: una ausencia que habla en voz alta en el Desfile de Israel de la Quinta Avenida

El alcalde Mamdani, desaparecido en combate: una ausencia que habla en voz alta en el Desfile de Israel de la Quinta Avenida

Rav Shay Tahan

El Desfile del Día de Israel en la Quinta Avenida es una de las expresiones anuales más visibles de solidaridad con la comunidad judía y con el Estado de Israel en la ciudad de Nueva York. Decenas de miles de participantes —escuelas, sinagogas, organizaciones comunitarias y figuras públicas— marchan por la ciudad en una manifestación pública de identidad, unidad y apoyo. Debido a su magnitud y visibilidad, la participación de los funcionarios electos, en particular del alcalde de Nueva York, se considera ampliamente como algo más que un acto protocolario. A menudo se entiende como una declaración pública sobre cómo se relaciona el liderazgo de la ciudad con su comunidad judía y si elige estar visiblemente a su lado en los momentos de expresión comunitaria.

Con este trasfondo, cuando un alcalde en funciones no participa en el desfile, la discusión en la comunidad no se limita a cuestiones de agenda o de protocolo. Para muchos, despierta una sensibilidad más amplia que la propia tradición judía reconoce: el significado de la presencia pública y de la ausencia pública en momentos que tienen un simbolismo comunitario y nacional.

No se equivoquen: no se trata de necesitar su aprobación ni de buscar su simpatía, sino de intentar comprender la importancia de cómo se percibe una decisión así en la esfera pública, especialmente cuando contribuye a una sensación de distancia o ambigüedad respecto al apoyo a una expresión comunitaria profundamente importante.

En la Torá, y más adelante en el Tanaj, se presta repetida atención a cómo los líderes —tanto dentro de Israel como fuera de él— se alinean públicamente con el pueblo judío o se distancian de él, y a cómo su visibilidad o la falta de ella moldea la percepción, la moral y la legitimidad.

Faraón

Lo primero que hizo Faraón no fue esclavizar a los judíos, sino hablar públicamente en contra de la nación de Israel y presentarla como una amenaza. «Y dijo Faraón a su pueblo: “He aquí que el pueblo de los hijos de Israel es más numeroso y más fuerte que nosotros”».
— (Shemot 1:9)

Solo después comenzó la persecución: primero la esclavitud y más tarde los decretos contra los bebés judíos.

La Torá subraya que antes de la opresión física vino la retórica pública. Faraón primero moldeó la percepción pública, presentando al pueblo judío como peligroso e indeseado, y solo entonces avanzó hacia la persecución abierta. La deslegitimación precedió a la opresión.

Balak

El mismo patrón aparece con Balak. Antes de intentar dañar a Israel mediante las maldiciones de Bilam, Balak se dirige primero públicamente a su pueblo y presenta a la nación judía como una amenaza. El pasuk dice: «Dijo Moab a los ancianos de Midián: “Ahora esta congregación lamerá todo lo que nos rodea, como lame el buey la hierba del campo”».— (Bamidbar 22:4)

Una vez más, antes de que se produzca cualquier ataque directo, primero está la retórica pública: presentar a Israel como peligroso, indeseado y amenazante para la sociedad que lo rodea. Solo después pasa Balak a los intentos activos de maldecir y destruir a la nación.

Kóraj

Esta técnica no la emplean solo los enemigos de Israel, sino incluso en los conflictos internos judíos. Antes de que Kóraj desafíe abiertamente a Moshé Rabenu, la Torá describe: «ויקח קרח»— (Bamidbar 16:1)

Rashí explica en su conocido comentario: «לקח את עצמו לצד אחד, להיות נחלק על העידה» — Kóraj primero se separó y se distanció, colocándose en el lado opuesto antes de comenzar la confrontación propiamente dicha. La rebelión no empezó con un ataque abierto, sino con un distanciamiento público y la creación de división. Solo después surgió el conflicto directo.

El Cántico de Débora

En el Cántico de Débora, tras la victoria de Israel sobre Sisrá, ella no solo describe la batalla, sino que registra con cuidado quién se unió al esfuerzo nacional y quién permaneció ausente. Ciertas tribus son elogiadas por su participación visible:

«Zebulún es un pueblo que expuso su vida a la muerte» — (Shofetim 5:18)

Mientras que otras son reprendidas por su distancia: «¿Por qué te quedaste sentado entre los rediles…?» — (Shofetim 5:16)

Y de la forma más tajante: «Maldecid a Meroz… porque no vinieron en ayuda de Hashem»
— (Shofetim 5:23)

El énfasis no está solo en la acción, sino en la presencia: en si las distintas partes de la nación estuvieron visiblemente unidas en un momento decisivo. La ausencia no se trata como algo neutral; pasa a formar parte de cómo se registra y se recuerda el momento nacional.

Una sensibilidad similar aparece en la reconstrucción de Jerusalén en los días de Nejemiá. El Naví documenta con cuidado quiénes participan en la reconstrucción de las murallas de la ciudad, subrayando el compromiso colectivo en la restauración de la vida y la dignidad judías. Al mismo tiempo, señala que ciertas élites no se unieron plenamente:

«Sus nobles no prestaron su cuello a la obra de Hashem» — (Nejemiá 3:5)

La cuestión no es simplemente el trabajo o la logística. El liderazgo se mide, en parte, por si uno se coloca públicamente junto al pueblo en momentos de reconstrucción y restauración nacional.

Este patrón es especialmente claro cuando el Tanaj describe a gobernantes gentiles y su postura pública hacia el pueblo judío. Cuando Ciro (Kóresh), rey de Persia, emite una proclama pública que permite a los judíos regresar y reconstruir el Templo, el propio decreto queda registrado como parte del relato de la redención: «Así dice Ciro, rey de Persia: Hashem… me ha encargado que le edifique una casa en Jerusalén» — (Ezrá 1:2)

Lo significativo no es solo el permiso legal, sino el reconocimiento público. El regreso judío no queda oculto ni marginado; es reconocido por la autoridad imperial de un modo que le otorga legitimidad ante el mundo en general.

De manera similar, en tiempos de Daryavesh, el respaldo imperial fortalece el proceso de reconstrucción y frena la interferencia de los funcionarios de los alrededores (Ezrá 6). Una vez más, la importancia no es solo administrativa. El apoyo público del poder gobernante contribuye a la dignidad, la estabilidad y la visibilidad de la vida nacional judía.

Por otro lado, los pesukim también muestran cómo la burla o el distanciamiento públicos por parte de funcionarios extranjeros contribuyen a debilitar la percepción. En el libro de Nejemiá, Sambalat responde a la reconstrucción de Jerusalén con una burla abierta:

«¿Qué hacen estos débiles judíos?» — (Nejemiá 4:2)

El objetivo no es solo la oposición, sino la deslegitimación: presentar la renovación nacional judía como débil e indigna de apoyo. El mensaje público pasa a formar parte de la lucha misma.

A lo largo de estas fuentes surge una idea constante: los momentos públicos de identidad comunitaria nunca son meramente protocolarios. La presencia comunica reconocimiento, solidaridad y legitimidad; la ausencia comunica distancia, y a menudo se vive como tal.

Dentro de este marco, la participación de los líderes cívicos en las expresiones públicas de identidad comunitaria tiene un peso simbólico. Cuando dichos líderes eligen asistir, se percibe como un reconocimiento público del lugar de la comunidad dentro del tejido cívico. Cuando no lo hacen, la ausencia misma se nota; no necesariamente como una política, sino como un posicionamiento público.

El lenguaje de la Torá sugiere que estos momentos nunca son neutrales. Ya sea en las tribus de Israel, en la reconstrucción de Yerushaláyim o en la postura de los gobernantes extranjeros ante la restauración judía, la visibilidad y la ausencia pasan a formar parte de cómo se vive, se registra y se recuerda la realidad comunitaria.

Publicado originalmente en The Jewish Vues; publicado también en 5TownsCentral.

Original en inglés