Respetar a nuestras esposas: honrarnos a nosotros mismos
Rav Shay Tahan
Uno de los ejemplos de engaño más conocidos de la Torá es la traición de Labán a Yaakov durante los preparativos de su matrimonio. Después de que Yaakov trabajó siete años para casarse con Rajel, la mujer que amaba, Labán lo engañó sustituyendo a Rajel por Leá en la noche de bodas. Yaakov, que no se dio cuenta del cambio hasta la mañana siguiente, quedó conmocionado y le reclamó a Labán por esta traición. En respuesta, Labán alegó que en su región se acostumbraba no casar a la hija menor antes que a la mayor. Esto obligó a Yaakov a aceptar un acuerdo para trabajar siete años más a fin de casarse con Rajel. Rajel le fue entregada a Yaakov inmediatamente después del período de siete días de shevá berajot de Leá, bajo un nuevo acuerdo según el cual Yaakov trabajaría para Labán otros siete años.
Durante ese tiempo, Yaakov tenía toda la justificación para trabajar con menos empeño o para reducir la calidad de sus esfuerzos, ya que había sido llevado a este acuerdo mediante un engaño. Sin embargo, Rashí (29; 30) explica que Yaakov trabajó los siete años adicionales con la misma integridad y dedicación con que lo había hecho durante los primeros siete años. ¿Por qué lo hizo? Se podría argumentar que se debió a la honestidad innata de Yaakov. Sin embargo, otro comentario de Rashí (29; 12) indica que, desde el momento en que Yaakov conoció a Labán, le insinuó que era plenamente consciente de su naturaleza engañosa y que era capaz de ser igual de astuto si fuera necesario. En esencia, Yaakov advirtió a Labán que cualquier intento de engañarlo sería respondido con igual astucia.
A pesar de ello, Yaakov eligió mantener su integridad, mostrando su compromiso con sus valores incluso frente a la traición de Labán. ¿Por qué lo hizo? Antes de intentar responder a esta pregunta, examinemos primero cómo el abuelo de Yaakov, Avraham Avinu, trató con Efrón al comprar un lugar de sepultura para su esposa, Sará.
Avraham se dirigió a Efrón para comprar la Cueva de Majpelá como lugar de sepultura para Sará. Aunque al principio Efrón ofreció el terreno gratis, sutilmente insistió en un precio exorbitante de 400 shekalim de plata. Avraham tenía la oportunidad de aceptar el terreno gratis o de negociar un precio más justo, como es habitual en las transacciones inmobiliarias. Sin embargo, eligió no regatear y permitió que Efrón se aprovechara de él, pagando el precio inflado sin objeción. Podemos sugerir que, aunque Avraham Avinu podría haber negociado un mejor precio, insistió en pagar el precio alto para honrar a su esposa, Sará. Aunque ella ya no estaba con vida, Avraham quería mostrarle el máximo respeto. El honor de la esposa no es solo para ella, sino que también se refleja en el esposo, en sus hijos y en toda la familia.
Avraham comprendía esto profundamente y se negó a comprometer la dignidad de Sará regateando. Mediante este acto, Avraham nos enseñó la importancia de nuestra matriarca Sará y nos recordó que siempre debemos tenerla en la más alta estima. También demostró el valor de respetar a la propia esposa, ya que hacerlo eleva no solo a ella, sino también a uno mismo y a toda su familia. El mismo razonamiento se aplica a Yaakov. Él podría haber trabajado con menos empeño y producido menos, ya que el engaño de Labán podría haber justificado tal conducta. Sin embargo, Yaakov eligió trabajar con todas sus fuerzas y entregar un trabajo de la más alta calidad. ¿Por qué lo hizo? La respuesta radica en que este trabajo era parte del pago por su matrimonio con su esposa.
Yaakov se negó a hacer concesiones, ya que hacerlo disminuiría el respeto y el honor que sentía por su esposa. Uno no regatea cuando se trata de la dignidad y el respeto de su esposa. El regateo es para el mercado de pulgas, no para asuntos de un significado tan profundo. Pero esta actitud no era solo lo que Yaakov sentía hacia sus esposas; era un sentimiento mutuo que funcionaba en ambas direcciones. Leá y Rajel también tenían a su esposo en alta estima. Lo vemos en muchos casos claros, como en los nombres que dieron a sus hijos. Por ejemplo, Leá llamó a su primogénito Reubén, diciendo: «Ya que Hashem ha visto mi aflicción, ahora mi esposo me amará». Esto muestra que su principal preocupación era lo que sentía su esposo, lo cual resalta su profundo respeto y su anhelo de recibir su afecto.
Otro ejemplo es cuando Rajel pide los dudaím que Reubén le trajo a su madre, Leá. Estos dudaím claramente no eran plantas comunes; se creía que tenían un poder espiritual significativo. Algunos sugieren que tenían la capacidad de curar la infertilidad, algo que Rajel necesitaba desesperadamente. Leá, entendiendo esto, estuvo dispuesta a cedérselos a Rajel a cambio de más tiempo con Yaakov. Esto muestra cuánto valoraba Leá el tiempo pasado con su esposo, dispuesta a hacer un sacrificio por ello. Esto resalta una lección importante en una generación en la que los hombres son a menudo ridiculizados, como en los medios de comunicación que los presentan de manera degradante, o en anuncios publicitarios que los muestran torpes, chocando contra las paredes o diciendo tonterías. Estas representaciones forman parte de movimientos más amplios y preocupantes que están surgiendo en todo el mundo.
En contraste, la perspectiva de la Torá enfatiza que los hombres deben ser sumamente respetados. La misma lección se aplica aquí: así como la esposa respeta a su esposo, ese respeto volverá a ella, como un bumerán.
Publicado originalmente en The Jewish Vues.
